¡Descreer y crear: Sí a la paz!

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Escribo para expresar mi alegría. Sé que para muchos los recientes acontecimientos solo hacen parte de una patraña, de un acuerdo mediocre y de una “entrega del país a la insurgencia” (me alegra que se les acabe el discurso de odio y resentimiento). Sin embargo, sé, con mucha alegría, que para otros, una vasta mayoría, lo que hoy se gestó en la Habana es el primer paso de muchos en el horizonte de construcción de un país en paz. Somos muchas generaciones las que hemos visto en la guerra la única opción para tramitar conflictos, la única opción política a la que las clases dirigentes han empujado a la población, hoy, felizmente, parece que esa opción se agota. El proceso de la Habana es una luz, una perspectiva, una plataforma en la que las demandas por un país más digno y equitativo se conjuntan como acciones políticas. Hoy, más que nunca, hay que recordar los fallidos intentos de diálogo con las insurgencias y el despliegue de esa escabrosa alianza entre Estado y paramilitares que gobernó por más de ocho años el país, para reconocer que es nuestra responsabilidad que no se repita nunca.

Pues los colombianos hemos crecido con miedo, un profundo miedo al desarraigo, al secuestro, a la desaparición, a pensar y opinar diferente. A nuestra generación la derrotó el miedo. Acabó con la memoria, desechó el pensamiento y deslegitimó la política como un escenario para tramitar conflictos. Hemos crecido en medio de esa derrota; nos hemos vuelto hijos de la resignación y hemos adoptado la imposibilidad como un sacramento. Nos han bautizado con la indiferencia y hemos sido vacunados por una indolencia única, cargamos a cuestas una historia de infamias y desasosiego. Y a pesar de saber muy bien lo que pasa, todos, casi todos, seguimos siendo los mismos, en un aguante propio del dolor que no tiene nombre. Estos años de guerra se nos han vuelto costumbre y en lugar de imaginar un mundo diferente hemos desarrollado una extraña capacidad para normalizar lo irracional e ilógico. Quienes han estudiado algo sobre la historia del conflicto saben que este no es el primer intento de negociación con la insurgencia, que no es el mejor de los acuerdos y que a este Estado canalla hay que temerle tanto, como a quienes han creído – a veces ciegamente – que la vía para tramitar los conflictos políticos es la de las armas. El pesimismo de la inteligencia debe recordarnos que hoy la responsabilidad con la construcción de paz es de todos.

Hacernos conscientes de nuestra tarea nos permitirá vivir esta alegría como un evento histórico, hará que el optimismo de la voluntad se active como una fuerza para el desarrollo de esa perspectiva que se abre con la firma de los Acuerdos de la Habana. Cuando decidí ser profesor, hace cerca de 12 años, nunca imaginé que el Estado canalla en el que vivo abriera la puerta para que la guerra se acabara. Desde mañana viviremos en un país diferente, en donde tal vez, solo tal vez, podamos vencer el miedo en el que nos han formado con tan insistente disciplina. Como profesor he aprendido que es posible construir otro país, uno de abajo hacía arriba y he luchado, insistentemente, en que el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad sean una de las tantas fórmulas para abrirle la puerta a la construcción de paz.

Celebro la firma de los acuerdos con una alegría un tanto indescriptible, y no los celebro porque crea en el proyecto de país de Santos, celebro este acontecimiento porque re afirma lo que los procesos de base que he conocido han venido haciendo por tantos años; sé que mi alegría la comparten los profesores comprometidos con que sus estudiantes piensen por sí mismos, así como los procesos de organización campesina e indígena de los territorios, al igual que los parches de teatro, danza y música de los barrios que le han entregado su vida a construir un nuevo país, son ustedes, y no los políticos de turno, quienes construirán este país en paz, es con ustedes que brindo, es por ustedes que me alegro, es con ustedes que construiremos un tránsito a la democracia. Sí a la paz significa sí a una democracia más allá de las castas y los abolengos, nuestra tarea como le gusta decir a un profesor al que guardo mucho cariño, es crear un sentido común y para ello hay que descreer para crear. ¡Descreamos de la guerra y creemos la paz!, eso es hacer política.

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