Amistad y ocupación

Siento que debo escribir estas líneas porque habitan en mi una serie de sentimientos que, sin duda, resultan apasionantes y contradictorios. He creído, quizá de una forma desmesurada, apresurada y poco disciplinada que es necesario crear escenarios de transformación social, que hay que apostarle a ver el mundo con otros ojos, que hay que descreer del suelo que habitamos para re-construir la existencia y alejarnos de lo que nos parece nocivo. Así mismo he creído que las cosas están bien, que no hay problemas más allá de los que son propios con nuestra existencia, que los móviles, las estructuras y los valores no son más que impedimentos subjetivos, perfectamente transformables, tras el trabajo consigo mismo. Pese a ello encuentro una insuficiencia dolorosa, ni lo uno, ni lo otro.

Encontrarme en un café jugando a pensar me resulta dramático al saber que hay muchas ocupaciones que me asedian, pero, al mismo tiempo me permite desahogarme de la triste ocupación a la que nos vemos obligados toda la vida, quizá nuestra tarea más urgente sea la de ralentizar la vida, volverla lenta para encontrar allí una forma de experimentar qué hemos perdido en el afán de una carrera que no sabemos bien hacía dónde va. Encontrarme con Ana siempre me ayuda a salvaguardarme. Cuando la conocí me parecía detestable y no podía ver sino lo que no quería ser, pero nuestras discusiones siempre me han llevado a unos espacios profundamente creativos; ella arroja preguntas porque se enfrenta con su vida a esa profunda diatriba entre la lucha individual y la acción colectiva.

Ana me recuerda que las cosas están bien, o al menos un tanto mejor que en otros casos, pero, de repente me trae a la mente una pregunta por el otro que es tan profunda y sincera, tan íntima, que me hace reconsiderar todo y arrojarme a hacer preguntas. Ese juego, un tanto indefinido, me ayuda a seguir creyendo que pensar no es un ejercicio insulso y que salvaguardar las miradas con las letras es una tarea especialmente bella. Una tarea que es para uno y otros, para ayudarnos a ver que las transformaciones son insuficientes cuando quedan encerradas en el sí mismo. Entonces, la diatriba se va difuminando un poco, se borra para avanzar en un sendero en el que lo colectivo es la fuerza que necesita el sí mismo. Es en este punto donde la mirada se vuelve necesaria y el desarrollo de las voluntades convierte el juego ensimismado en un horizonte y una perspectiva.

No sé que haya que hacer con la vida que continua, lo que sí sé es que caminarla en conjunto es la posibilidad más bella. Esas amistades que juegan el riesgo de ser indeterminadas y de no verse trastocadas por el tiempo me resultan profundamente satisfactorias, porque me recuerdan que si bien el pensamiento adviene en la soledad y la intimidad, solo es posible concretarlo, verlo, en la comunidad. Es un poco lo que he sentido en estos días que hay que animar bellamente nuestro mundo a través de nuestros amigos, de nuestros lazos íntimos que no están mediados por la detestable lógica del costo-beneficio. A Ana le agradezco porque siempre me ha llevado a escribir y a mis amigos, con los que últimamente me he congraciado de una forma tan sincera, les agradezco su tiempo, su compañía, su estar-ahí para reconocernos y pensar en conjunto.

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