Las Huellas de Camilo

Para Álex, quien ha encarnado, de la mejor manera que conozco, el mensaje de Camilo.

Ritmo: https://www.youtube.com/watch?v=_rllf7Df10o

Camilo-Torres

Si algo me despierta la figura de Camilo Torres es una convicción, un horizonte y una perspectiva. Creo que son varias las razones que me animan a escribir estas palabras y la mayoría de ellas provienen de caminos distintos y de reflexiones diversas. De la existencia de Camilo supe en la Universidad, la encontré en las paredes y en los pasquines informativos que son usuales encontrar en las universidades públicas del país; de allí aprendí que la memoria es colectiva y que las convicciones, así estén erradas, se viven a flor de piel porque se convierten en perspectivas; ese era el Camilo guerrillero, el militante, una figura que animaba a los jóvenes incautos e ingenuos, a aquellos que creen en el sueño de una revolución subversiva aún cuando no entienden muy bien que para ser subversivo hay que cambiarse a sí mismo. Sin embargo, esa desmedida figura del Camilo guerrillero se fue desdibujando con mis lecturas de filosofía y se fue apagando gracias a los mensajes que encontraba en otras formas de lucha y resistencia.

Mientras abandonaba esa idea del la “revolución” porque era vieja y desgastada, porque no me sentía a gusto con ella, encontraba a Camilo en otros escenarios y su figura volvía a aparecer de una manera un tanto repentina. Este que conocía ahora era Camilo el “cura”, el sacerdote que me obligaba a pensar en eso que la mayoría de los cristianos solo saben de boca para afuera: “ayudar a los pobres”, si bien nunca he tenido el coraje de entregarme al servicio del otro, lo que veía era que Camilo encarnaba esa idea, más revolucionaria que la que puede cargar un fusil, de la transformación social a partir de la idea de Justicia. La figura de Camilo me cuestionaba la profunda arrogancia de la Iglesia como institución y me permitía pensar que la opulencia que produce la caridad es el producto más deshonesto de una relación que se puede entablar con el otro. Formarme en un ambiente profundamente católico me hacía el más lejano de la espiritualidad propia a la que Camilo profesaba su fe y su vida, pues me obligaba a ver esa falsa caridad y esa hipocresía mendicante que se llenaba de vanidad y arrogancia. A este Camilo lo conocí de la mejor manera en la que uno se puede encontrar un referente, mediante la amistad que se entrega sin condición, eran sus ideas las que encontraba encarnadas en la figura de la amistad que no vivía de la opulencia y que siempre me recordaban de dónde venía, de la loma, del barrio, donde la miseria nos rodeaba y amenazaba sin llegar a tocarnos con sus propias manos.

Esta figura de Camilo me ha ayudado repensarme, a revisarme, a no olvidar de dónde vengo. Y es porque la idea que encarnaba no está lejos de lo que somos en el fondo, prójimos, cercanos, amigos y hermanos que no podemos soportar la injusticia porque nos toca y nos obliga a creer que algo puede cambiar. A este Camilo comprometido lo veo encarnado todos los días en mis seres cercanos, en mi madre, mi padre y mi hermana, en mi abuelo y mi abuela, en mis amigos (aún sin que lo sepan), a quienes los siento comprometidos con su vida de manera insaciable, pues los veo dispuestos a darlo todo por lo que aman, es el Camilo que más me llega al alma porque es capaz de despojarse de sí mismo para ofrendar al otro lo que no se tiene. Pero así como es el que más me toca el alma, es el que más me conflictúa, pues es el Camilo que murió, al que le negaron el valor de la vida por una diferencia ideológica. Este, quizá, es el Camilo del que todos debemos aprender, el que nunca renunció a sus convicciones, el que pospuso lo particular y se entregó a lo universal en pro de eso común que es el compartir con el otro, el de crear justicia y el de luchar por una idea. De este Camilo aprendí que las luchas son múltiples y que optar por la violencia como forma de transformación es un error, que quizá hay otros modos y, posiblemente, hay otros caminos que transitar desde lo que hacemos a diario para resistir. La figura de Camilo me ha ido enseñando, poco a poco, qué es el compromiso, qué significa estar comprometido y, sobretodo, por qué vale la pena estar comprometido por algo.

Al Camilo político e intelectual lo conocí en mis años recientes de formación, llegó de manera repentina a mis lecturas y empezó a cruzarse de una forma un tanto impredecible. Este Camilo, el profesor, el escritor y el político, me entregó nuevos horizontes para transitar, me ofreció la posibilidad de pensar la tarea del intelectual que no deja de pensar en las realidades materiales, que no se puede alejar de las circunstancias particulares y que necesita estar comprometido con su contexto y su vida de modo visceral. Es a este Camilo al que le debo un horizonte y es en su memoria que decido escribir este texto.

Cincuenta años después de su muerte me embarga la tristeza de no haberlo escuchado en la plaza pública, en la iglesia o en el aula de clase, pero me anima la idea de que su legado sigue vigente, no porque sea el “cura guerrillero”, sino porque la figura de Camilo es la de un sujeto comprometido con su realidad social, con su fe y con sus ideas (ojalá todos tuviéramos una pisca de esa entrega, el mundo estaría mejor). Este Camilo que proviene de muchos lugares es el que recuerdo, el que ha dejado huella en lo que soy y que me ha permitido seguir con los pies en la tierra haciendo desde lo que sé y desde lo que soy. Camilo, en sus múltiples encarnaciones, me enseñó el valor de la amistad y de la palabra subversiva, el valor de la entrega y del compromiso, y la necesidad de pensar y organizar las ideas en torno a una horizonte mayor: el de transformación. ¡Camilo me enseñó la fe que se necesita al pensar en un país como el nuestro!

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